miércoles, 20 de junio de 2012

Noches Alucinadas


Aquellos maderos grises de tiempo donde duermen unos vagones, recostados sobre las vías transfiguradas en la tierra, que transpiran tu aroma bajo el leve rocío de una noche semi-desnuda al alba, aquellos vagones fueron testigos ciegos de lo que no pude decirte cuando vi tu sonrisa, bañada con  la fresca brisa que daban los dedos de la luna, hipnotizada por el verde, por el verde de tus ojos y busqué tus pasos.


Me dijo mi lastimero sosiego, ¡Detente! No hagas eso, vas sin capa y caminas como ciego, yo levanté vuelo y me asome al techo, por el risco de una montaña, había hilos de araña y había sol, desde el balcón de tus pechos transparentes dejaste caer el perfume de la desilusión.


Espérame, que iré a buscarte un puño de futuro, tal vez tarde un minuto, tal vez tarde una vida ¿Qué importa? Si en todas las vidas te seguiré buscando pequeña gota de rocío.

Y volvió mi amiga, mi amiga Consuelo, ¿la conocen? Siempre camina de la mano de un jovenzuelo de cabellos pintados por la aurora y una mochila perdida en el tiempo, donde dicen que lleva la caja de Pandora.

 Al otro lado del tendedero volvió a resplandecer la luna, media redonda, media chueca, en medio de sus aros de plata, no parecía lejana, no parecía luna, tanto que de un salto puso su oreja sobre mi colchón, en la terraza que no parecía techo, parecía lecho, mi hogar.


Duerme tranquila que hay espacio entre mis brazos para arroparte de viento, si se te pierde la mirada buscando a quienes no beben los instantes con calma. Ya no pienses en la noche que bosteza fragancias de jardines que se quedaron sin mucamas, antes de que te llamen a tu tierra lejana, deja tu secreto y lleva mi alma.


Para velar tus sueños y volar de tu mano por las montañas, que se asoman por las mañanas detrás de tus alas, detrás de tu mirada.

A Ricardo

Te dejé allí y no lo supiste, pero te has de acordar de aquella vez en que con una fogata y una guitarra le cantamos a la noche, compañera f...