domingo, 2 de julio de 2023

A Ricardo

Te dejé allí y no lo supiste, pero te has de acordar de aquella vez en que con una fogata y una guitarra le cantamos a la noche, compañera fría.

Te has de acordar, lo sé, del carpintero de la otra calle, que nunca se cambió de ropa, él sigue así, con el mismo short de tela que le llega hasta las rodillas y la misma camisa: las dos con el color del aserrín, probablemente -decíamos- que se le había pegado ese color en la ropa de tantos años que lo llevaba puesto.

Allí estabas y no lo sabías, como ahora no sabes que está cayendo una llovizna y que un hombre con campera de cuero de la que se resbalan unas gotas, le dio veintisiete vueltas al tornillo.

Pero has de acordarte de aquella vez que la fila era de dos cuadras y nosotros entramos, al concierto, sin formarla, yo sé.

Yo sé que aquí el callejón es un laberinto, que cada callejón tiene otro callejón y se multiplican en infinitos callejones; y que la gente camina con un peso extra encima, y todo es grávido, y ahora llovizna, ya te dije que llovizna, pero no escuchas, ahora no, pero has de acordarte de tantas cosas, yo sé.

Yo sé que aquí estamos y que te están llevando.

Y has de acordarte del primer libro que me diste, mi primer libro, y de aquel poema que yo ya no lo recuerdo, pero has de acordarte que aquí lo dejamos, pero no para volver como ahora, sino que para volver de la única manera en que se vuelve, pero con otras formas o de otra forma, tal vez ya sin conciencia, pero ahora ya no recuerdas, ni piensas, ahora te dejan allí con una lápida sin palabras.

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