viernes, 28 de noviembre de 2014

El celular

Viste cuando te entran unas ganas tremendas de querer saber cómo está,  dónde está, qué hace; y mirás tu celular y ni siquiera te llega una notificación del facebook, entonces, mirás su estado. Encontrás que su última conexión fue hace diez minutos, o peor aun, cuándo te aparece ahí arriba que está en línea y no te ha respondido el mensaje que le enviaste hace dos horas. Y eso que querés saber nomás qué estará haciendo o cómo ha de estar, no sé si ni siquiera importa tanto lo que estará haciendo, porque, total, no es contigo, nunca es contigo. Uno quiere saciarse nomás de lo que no tiene, o mejor dicho, de lo que no va a tener, saciarse digo en el sentido de saber que la cosa no va, el problema es que no nos conformamos tan pronto, hasta que en algún momento uno se da cuenta, o mejor dicho, te tranquilizás para pasarla mejor por las tardes.

Es cuando te ponés a pensar y a pensar y te metés un pucho y luego otro sin ni siquiera disfrutarlo, porque el pucho se quema mientras pensás en su pelo, en su perfume, en su sonrisa, en su mirada, esa mirada clara y profunda de cuando la miraste a los ojos.

Entonces te hacés del loco y le escribís un poema. No sé a vos, pero a mí siempre me fue mal con esta técnica. Siempre al revés. Con este tema de los poemas es una de dos, o te dan bola o te dan con un caño, siempre me pasó lo segundo. Así que escribirle un poema, o dos, o tres, o los que sean; a una chica, al menos para mí, no funciona, o funciona pero con un efecto inverso a lo que uno espera. Claro que no hay que esperar lo que no se espera, pero llegar a ese punto uno no lo espera.

Entonces, uno se revuelve por dentro, se sale, se adentra, se expande, y resuelve que es mejor estar solo. Qué pelotudés, cómo podemos decir tal barbaridad. Claro que a veces es mejor estar solo, pero estar solo no es lo mismo que estar en soledad. Estar en soledad es algo peor de lo que a veces podemos imaginar. Y yo que soy tan lleno de soledades puedo estar con varias personas y ver pasar en el fondo a las soledades, algunas riéndose y tapándose la boca con la mano. Otras más descaradas se acercan a la ronda y comparten el terere con los perros. Uno puede estar solo pero no en soledad. Porque uno estando solo puede tener cierta certeza de que alguien está pensando en uno, o lo espera, o lo quiere, o, en el peor de los casos; lo odia. Sin embargo, estar en soledad es estar con personas y ver a las soledades pasar, zambullirse, mezclarse en las cosas y hasta en las palabras.

Pero para eso están los libros, los de siempre, los de nunca, los que ayudan a pensar en otras cosas, y luego uno puede escribir y, seguir escribiendo. Luego se vienen las tardes que te dan frío como una brisa de muerte que se pasea constantemente pero no acecha, ni siquiera se asoma peligrosamente, solo está ahí, por las periferias, transitando, para que uno se dé cuenta de que existe y de que en cualquier arrebato de locura o de debilidad uno puede estrecharle la mano. Yo me escapaba de esas tardes en el colectivo, así llegaba temprano a la facultad. Hoy se me ocurrió algo mientras viajaba. Me imaginaba escribiendo todo esto aprovechando una clase aburrida. Me imaginaba sentado en la clase escribiendo y recordando esa idea que tuve en el colectivo de escribir este párrafo y pensando en el lector o la lectora que lo leería después, y eso mismo estoy haciendo ahora. Estoy sentado en la sala de una clase aburrida escribiendo lo que pensaba en escribir cuando estaba en el colectivo y pensando en vos que estarás leyendo esto y que estás muy loco o muy loca para leer estas cosas. Definitivamente la literatura es para locos.


Y uno se pone a leer de nuevo, cualquier cosa, hasta los relatos de Freud son una opción válida. Y luego te metés otro pucho y seguís pensando en ella que le gusta el piano, y cantar, y la literatura; su pelo suelto, su perfume, su mirada profunda. Y escribís estas cosas que no son más que vestigios desolados de lo que uno piensa y no piensa, y de nuevo el pucho y el terere y otro pucho. 

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