Viste cuando te entran unas ganas tremendas de querer saber cómo
está, dónde está, qué hace; y mirás tu
celular y ni siquiera te llega una notificación del facebook, entonces, mirás su
estado. Encontrás que su última conexión fue hace diez minutos, o peor aun,
cuándo te aparece ahí arriba que está en línea y no te ha respondido el
mensaje que le enviaste hace dos horas. Y eso que querés saber nomás qué estará
haciendo o cómo ha de estar, no sé si ni siquiera importa tanto lo que estará
haciendo, porque, total, no es contigo, nunca es contigo. Uno quiere saciarse
nomás de lo que no tiene, o mejor dicho, de lo que no va a tener, saciarse digo
en el sentido de saber que la cosa no va, el problema es que no nos conformamos
tan pronto, hasta que en algún momento uno se da cuenta, o mejor dicho, te
tranquilizás para pasarla mejor por las tardes.
Es cuando te ponés a pensar y a pensar y te metés un pucho y luego otro
sin ni siquiera disfrutarlo, porque el pucho se quema mientras pensás en su
pelo, en su perfume, en su sonrisa, en su mirada, esa mirada clara y profunda
de cuando la miraste a los ojos.
Entonces te hacés del loco y le escribís un poema. No sé a vos, pero a mí
siempre me fue mal con esta técnica. Siempre al revés. Con este tema de los
poemas es una de dos, o te dan bola o te dan con un caño, siempre me pasó lo
segundo. Así que escribirle un poema, o dos, o tres, o los que sean; a una chica, al
menos para mí, no funciona, o funciona pero con un efecto inverso a lo que uno
espera. Claro que no hay que esperar lo que no se espera, pero llegar a ese
punto uno no lo espera.
Entonces, uno se revuelve por dentro, se sale, se adentra, se expande, y
resuelve que es mejor estar solo. Qué pelotudés, cómo podemos decir tal
barbaridad. Claro que a veces es mejor estar solo, pero estar solo no es lo
mismo que estar en soledad. Estar en soledad es algo peor de lo que a veces
podemos imaginar. Y yo que soy tan lleno de soledades puedo estar con varias
personas y ver pasar en el fondo a las soledades, algunas riéndose y tapándose
la boca con la mano. Otras más descaradas se acercan a la ronda y comparten el
terere con los perros. Uno puede estar solo pero no en soledad. Porque uno
estando solo puede tener cierta certeza de que alguien está pensando en uno, o
lo espera, o lo quiere, o, en el peor de los casos; lo odia. Sin embargo, estar
en soledad es estar con personas y ver a las soledades pasar, zambullirse,
mezclarse en las cosas y hasta en las palabras.
Pero para eso están los libros, los de siempre, los de nunca, los que
ayudan a pensar en otras cosas, y luego uno puede escribir y, seguir
escribiendo. Luego se vienen las tardes que te dan frío como una brisa de
muerte que se pasea constantemente pero no acecha, ni siquiera se asoma
peligrosamente, solo está ahí, por las periferias, transitando, para que uno se
dé cuenta de que existe y de que en cualquier arrebato de locura o de debilidad
uno puede estrecharle la mano. Yo me escapaba de esas tardes en el colectivo,
así llegaba temprano a la facultad. Hoy se me ocurrió algo mientras viajaba. Me
imaginaba escribiendo todo esto aprovechando una clase aburrida. Me imaginaba
sentado en la clase escribiendo y recordando esa idea que tuve en el colectivo
de escribir este párrafo y pensando en el lector o la lectora que lo leería
después, y eso mismo estoy haciendo ahora. Estoy sentado en la sala de una
clase aburrida escribiendo lo que pensaba en escribir cuando estaba en el
colectivo y pensando en vos que estarás leyendo esto y que estás muy loco o muy
loca para leer estas cosas. Definitivamente la literatura es para locos.
Y uno se pone a leer de nuevo,
cualquier cosa, hasta los relatos de Freud son una opción válida. Y luego te
metés otro pucho y seguís pensando en ella que le gusta el piano, y cantar, y
la literatura; su pelo suelto, su perfume, su mirada profunda. Y escribís estas
cosas que no son más que vestigios desolados de lo que uno piensa y no piensa,
y de nuevo el pucho y el terere y otro pucho.
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