Te
dejé allí y no lo supiste, pero te has de acordar de aquella vez en que con una
fogata y una guitarra le cantamos a la noche, compañera fría.
Te
has de acordar, lo sé, del carpintero de la otra calle, que nunca se cambió de
ropa, él sigue así, con el mismo short de tela que le llega hasta las rodillas
y la misma camisa: las dos con el color del aserrín, probablemente -decíamos-
que se le había pegado ese color en la ropa de tantos años que lo llevaba
puesto.
Allí
estabas y no lo sabías, como ahora no sabes que está cayendo una llovizna y que
un hombre con campera de cuero de la que se resbalan unas gotas, le dio veintisiete
vueltas al tornillo.
Pero
has de acordarte de aquella vez que la fila era de dos cuadras y nosotros
entramos, al concierto, sin formarla, yo sé.
Yo
sé que aquí el callejón es un laberinto, que cada callejón tiene otro callejón
y se multiplican en infinitos callejones; y que la gente camina con un peso
extra encima, y todo es grávido, y ahora llovizna, ya te dije que llovizna,
pero no escuchas, ahora no, pero has de acordarte de tantas cosas, yo sé.
Yo
sé que aquí estamos y que te están llevando.
Y
has de acordarte del primer libro que me diste, mi primer libro, y de aquel
poema que yo ya no lo recuerdo, pero has de acordarte que aquí lo dejamos, pero
no para volver como ahora, sino que para volver de la única manera en que se
vuelve, pero con otras formas o de otra forma, tal vez ya sin conciencia, pero
ahora ya no recuerdas, ni piensas, ahora te dejan allí con una lápida sin
palabras.