viernes, 21 de octubre de 2016

El mendigo


Ríe lagartija tú que bajas del árbol a besar las flores de la temple tierra inquieta. Amedrenta tu calma un chasquido en la laguna del cocodrilo acechante. Soy un niño perdido en el cuerpo de un hombre que a veces juega a ser hombre, que a veces juega a ser grande, cuando de tu mano se amarre solo mira al cielo y regala un suspiro al viento. Me dicen mendigo, me dicen soltero, camino por el aguacero para bañarme de cielo, a veces me pongo ciego y a veces gris para penetrar en el matiz de mis sueños floridos.
Baja un niño por la escalinata sobre la calle afligida que murmura silencios entre penumbras, entre faroles viejos. Quiere mofarse de noche, quiere guardar una estrella para usarla como zapatos y un pedacito de luna tibia para llenarse la barriga. Yo me siento a contar los pisos de la vereda húmeda, a esperar que pase la hormiga. No tengo ángel, lo perdí en una tarde de arcoíris, pero me dejó un collar de canciones de ruiseñores y una cantimplora llena de rocíos y amapolas.
¿A qué hora se marcha el otoño? ¿Qué viento trae al gorrión? El aire fresco amortigua los pasos en la calle desolada, en los pasillos del mojón. Se me perdió el reloj en el guardarropa de la luna que hoy mira oscura, le cuesta despertar. Aquel niño se escondió en la calle gris donde el farol se durmió, había que pedir perdón, había que salir a volar y doblar las patas de la silla más alta del pueblo donde sueña el rey.
De las manos de las sombras voy buscando mi camino, dicen que nunca llegaré, dicen que nadie tiene las llaves del candado donde reposa el final. Salió molesto del cascarón y se puso rojo como tomate luego brilló, brilló el sol. Sobre mi solapa, sobre mi aposento de cartón. ¡Buen día!, Mari-posa en el portón, ¡buen día! señora Flor, me encantó el desayuno, fueron unos besos revueltos con sabor a dolor, me los dio un hada, la de cabellos de oro, ¿no saben que está loca?, quiere casarse con don Pancho, el loro.
Todos andamos medio tristes, medio atentos, desde que le robaron la esquina al gato del revistero y ahora se levanta con misterio una casa alta, una casa al revés. Recoge las faldas de sus lágrimas el rio inquieto, reflejando destellos de sus ojos de diamantes que encandilan la azotea de vidrio, donde moran los insaciables, que cuentan casitas de madera, que cuentan el infinito, son estrellas dormidas que habrán que despertar para llenar el vacío de las manos y del placar.
Si la sombra ya no da sombra, ni de derecha ni de izquierda, se me permite ser infiel al estado soñoliento y embriagarme en los derechos senderos que llevan al bosque de la rebelión para cuajar la risa de los señores con trajes importados que montan el circo de la justicia con látigos invisibles y manos de papel.  Cuando llega la hora de infinitas fragancias mezcladas con ansias, quitarse el sombrero y deslizar la mente hacia las maravillas, las maravillas de la mesa.
Pero yo no estoy acostumbrado a la puntualidad, cuando la sombra va derecha me siento en el mangal con la señorita Fresa, que me contó que hoy el mercado estuvo abarrotado de gente, que la multitud te llevaba o te dejaba en un lugar. Sin embargo, nadie se quedaba en las tiendas varadas sobre las veredas. La casilla de carpa celeste cielo remataba esperanzas, la de ventana floreada regalaba alegrías, la casilla chiquita, chiquita, donde una viejecita bordaba unas ropas, puso a mitad de precio; sonrisas, y el puesto de comedor sacó sus mesas con un menú de fantasías.
Y la flor dejó de ser princesa y la calabaza ya no quiso ser carroza, mientras caía la tarde en su ocaso, y en sus brazos cansados se iba mi vida, seguía la vida, dormida.


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