Te he visto muchos días sentada
en tu lugar de siempre, escribiendo cosas de siempre, garabateando nombres y
espasmos de recuerdos en tu cuaderno de siempre. Latente. En un sueño que se sueña
despierto. Si cuando no estás igual te sigo aunque no esté. Y cuando te vas,
trato de recogerme en las huellas que dejaron tus manos y en las distancias que
forjaron tus miradas en las cosas y en las no cosas. Y cuando duermes, la vida
se duerme y el tiempo se quiebra, se retuerce, se alarga, se encoge, se agota y
se desborda. Me vacía y me llena la mente de tu ser. Cuando duermes. Te duermes
pensando que todo es nada, mientras que el abanico de la nada es todo, no
obstante, la tarde y los besos son todo como el recuerdo y el olvido. Yo solo
espero, que vuelvas, sin esperar lo que se espera. Como en el día cuando se
hacen mil cosas y de pronto cae la noche para disfrutarla o esconderse en las
palabras. No hemos descubierto el enigma para poder describir las sensaciones
con palabras. Me falto o parto de mí, dijeron algunos poetas. Me descubro, me
pierdo, desaparezco, y tus ojos, tu voz, tus silencios y esa forma tan tuya de
vivir y de sentir. No existo. Las imágenes me atropellan entremezcladas con tu aroma.
Desisto de mí mismo. Me llevo en el abismo de la mente y sigues estando sentada
en tu lugar de siempre, escribiendo cosas de siempre, garabateando nombres y
espasmos de recuerdos en tu cuaderno de siempre. Qué hay más allá de las nubes,
no lo sabemos.
Qué esperas de esta casa cuando el abismo sube hacia lo profundo de la mente y se instala frente a tus ojos, dime, ahora que ha pasado la lluvia, ahora, que estamos sentados aquí, en este lugar que está lejos de todo, si la escritura no es más que una trampa para lo real, si no puede superponer verdades ni realidades, qué es lo que nos espera una vez escrita la última página, el último párrafo, la última oración, la última palabra.
jueves, 27 de noviembre de 2014
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