jueves, 27 de noviembre de 2014

por los hijos que nadie ve, a veces, imperceptibles para absolutamente todos

Mis hijos silenciosos lloran a gritos en el vacío del tiempo, se retuercen en las oscuridades de mi mente mientras buscan escaparse entre las articulaciones maliciosas de las palabras. Gracias a ciento veinte estrellas, una fugaz y otra perdida; pude encontrar una noche azul hacia la luna para recordarme, buscarme, y salirme hacia esa luz oscura que forma la diáspora en los recovecos de unos ojos salpicados por lo inteligible, por lo incognoscible. En el mortal retal de lo extinto, inmaterial, amoral, ambiguo, único y multiplicado por el infinito; descansan y fracasan fragancias de tajy y pindo. En los bosques y las llanuras se arrastran sombreros piri que se olvidaron de sus dueños. Rijosas que salieron de los pasillos y pisaron el asfalto caliente en horas de la madrugada para instalarse en los comercios de cuentos de hadas que no serán escritas nunca. Mientras todo pasa y se funde yo me hundo y me despierto entre vocales, consonantes desfigurados por las estructuras y miles de noches que no son noches hasta que amanezca. No podrías esperarme por que no soy de este tiempo.

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