lunes, 6 de marzo de 2017


Dos botellas de vino sobre una mesa bajita cerca de la cama, adornaban el dormitorio de Juan Pablo. La mañana comenzaba a calentar las calles de la ciudad de Asunción, se presagiaba un día muy caluroso, normal en esa época de puro verano. Juan Pablo comenzaba a despertarse lentamente, como de costumbre. Vivía solo en un departamento, pero esa mañana había sido diferente a sus últimas mañanas, ya que, no se había acostado solo. Debe de estar duchándose o a lo mejor estará en la cocina preparando el desayuno, pensó. Esa idea le llenaba el alma de una extraña calma y, por sobre todo, detenía una carrera que había comenzado hace un tiempo atrás a esta parte.
Dio un par de vueltas en la cama y se dispuso a seguir acostado sin abrir los ojos, que todavía soñaban con los momentos que había pasado esa noche. Juan Pablo estaba cansado, no era un cansancio físico, más bien un cansancio de la realidad. Él era un tipo soñador, romántico y culto, en la medida que pudo permitirse. Tenía una pequeña biblioteca de cincuenta libros que los había leído y re leído. Todos esos libros eran para él su más preciado tesoro, dentro de los cuales tenía sus favoritos. Entre ellos, por ejemplo, casi todas las novelas de García Márquez, la que más apreciaba era “El amor en los tiempos del cólera”; de Vargas Llosa, leyó solamente una novela “La fiesta del chivo”, pero eso le bastó para que lo considere un escritor inolvidable; los poemarios de Benedetti, Pizarnik y Borges los tenía presentes a toda hora en su trajín. Aunque ya se había acomodado a la tecnología con una Tablet, igual los libros impresos le causaban un afecto muy especial.
Juan Pablo pensaba que los sentimientos no estaban tan alejados de las historias que había leído, él ya no buscaba una satisfacción que sea solo de uno mismo, él decía que no podía ser que solamente uno busque compañía para paliar la necesidad de uno mismo y que las cosas no deberían de ocurrir exclusivamente por eso. Estaba cansado de que sus relaciones nazcan por el simple hecho de que él se lo proponía. Estaba cansado de que las cosas que se dan ocurran solo porque una mujer así lo quiso y que cuando no hubiera esa misma actitud lo tengan olvidado como si nada. Se dio cuenta de que también pudo haber actuado de la misma manera, así que, se alejaba de las relaciones y de las personas.
Lo que buscaba era otra cosa, o lo que esperaba encontrar. Sin embargo, no lo tenía muy claro, pero pensaba en una relación en la que la necesidad, el placer y el deseo de compañía sean mutuos, es decir, que no lleguen más esos momentos de soledad y de estar extrañando. Pero ahora la tenía a ella, Ana Laura, le gustaba tanto el nombre porque pensaba que era un nombre que no podía decirse solo, o que al hacerlo no tendría el mismo significado, así como su nombre, Juan Pablo. Pensó (recordó) en su piel sedosa, sus manos blancas, el cuerpo desnudo bajo las sábanas, la piel que se contraía con cada caricia. Pensó (recordó) en su sonrisa; en sus ojos tristes, oscuros y lejanos; en los minúsculos vellos de su rostro que solamente se notan de cerca; en sus lunares, especialmente la del cuello. Pensó (recordó) en Ana Laura.
La noche cayó pausadamente entre las personas que regresaban sus hogares después del día laboral. Juan Pablo iba manejando su taxi, única herencia familiar, por la Avenida Mariscal López. En el autoradio sonaba una música de Charly García. Paró en una cola de tres cuadras que causaba un semáforo, miró por la ventanilla izquierda y vio a una chica parada en la vereda con una pequeña mochila a motas, la miró y vio sus ojos tristes, la interpeló haciéndole un gesto con las manos y ella se acercó. Sin pensarlo, abrió la puerta (no se dio cuenta de que en ese momento no era la única puerta que estaba abriendo), ella subió y él le preguntó a dónde quería ir y ella respondió: por un trago.
Llegaron a un bar, pidieron mandioca frita y aros de cebolla, a Juan Pablo le gustaba la cerveza, Ana Laura prefería algún trago preparado. Juan Pablo se quitó el champión y las medias sin que nadie lo notara, era una manía que tenía para poder relajarse, le gustaba sentir el piso frío. No le preguntó de dónde venía ni a dónde quería ir, no quería que esas preguntas con aires detectivescas entorpecieran su diálogo, más bien se distanciaron en el tiempo y hablaron de cosas de la juventud, de sus pasiones y de algunos libros con los que habían coincidido.
Cuando Ana Laura subió al taxi dieron una vuelta por la zona céntrica, ella miraba por la ventanilla como si fuera que hace mucho tiempo no veía la ciudad, Juan Pablo se percató de eso y pensó que a lo mejor estaba viviendo en el interior del país, así que, le gustó creer eso. Le gustó creer que estaba en ese lugar porque quería cambiar su vida y hacer cosas interesantes, le gustó creer que se creía y que creía que la estaba olvidando. Creer para negar aquella realidad impuesta de la que estaba cansado, una relación solo por satisfacción física, una relación utilitaria (cómo odiaba esa frase), sin embargo, era lo que estaba viviendo, pero ahora ya no más, ya no más silencios en las madrugadas ni insomnios, ya no más tardes tristes ni paseos solitarios, ya no más quejas ni costumbres a la soledad y al olvido. Se le metió allí, en una esquinita en donde comienzan los recuerdos, una página nueva, una página en blanco en la que podían caber muchas cosas, pero lo mejor era que estas cosas podían ser compartidas porque la felicidad no es felicidad si no es compartida.
Salieron del bar y pararon frente a una bodega. Ana Laura bajó del taxi y volvió con dos botellas de vino y una cajetilla de cigarrillos. Antes de que Juan Pablo le pregunte por el lugar al que quería ir Ana Laura le dijo que quería conocer el lugar en el que vivía. Dos vueltas hicieron por la costanera y luego subieron por la Avenida Colón hasta Sajonia. Cuando llegaron al departamento Juan Pablo le pidió que lo esperara un rato mientras se duchaba porque estuvo en la calle todo el día y se sentía un poco cansado, Ana Laura aceptó sin dudar, Juan Pablo dejó su celular sobre una mesita, al lado de las botellas de vino y se fue al baño.
Pero qué es el amor, pensaba Juan Pablo mientras estaba parado debajo de la ducha, sino otra cosa que la dependencia de otro cuerpo, un medio más del ser humano para no estar solo, tan solo una proyección de nosotros mismos hacia un futuro que no conoceremos, pero estaremos a través de la procreación, un deseo ferviente de alcanzar la inmortalidad aunque sea de manera inconsciente, un estado al que le damos un nombre para no decir su nombre y negar al instinto. Aunque todo esto puede que sea cierto me gusta la idea de que no sea así porque para mí no hay otra cosa en que creer porque estoy seguro de que si no es en el amor; no existe ninguna otra cosa en este mundo en que creer.
Cuando salió del baño, Ana Laura estaba acostada en la cama con un vaso de vino en la mano y tapada con la sábana, pudo darse cuenta de que estaba desnuda, ya que, las ropas de Ana Laura estaban en el piso. Ella lo miró con esos ojos tristes, oscuros y lejanos; apoyando los labios por el borde del vaso y le dijo que tenía que tomarlo todo si quería acostarse en la cama esa noche. Él tomó el vaso y lo vació, como era de esperarse, luego se metió debajo de las sábanas junto a ella y las caricias le contraían la piel cuando la tocaba, observó sus lunares, especialmente la del cuello, observó su rostro de cerca antes de besarla. Luego de un largo beso que se dieron, Juan Pablo comenzó a sentirse sin fuerzas, la ducha no palió el cansancio, pensó, los ojos se le cerraban sin que pudiera hacer algo para evitarlo, ella lo miraba con esos ojos tristes, oscuros y lejanos.
Por fin terminó de levantarse aquella mañana y, al buscarla, no encontró rastro alguno de Ana Laura, pensó que se había vuelto loco o que tal vez todo fue un sueño. No tenía su número, su dirección, no tenía nada; solo recuerdos, solo momentos que ahora se confundían entre la fantasía y la realidad. Pensó que tal vez no se había despertado aún y que estaba soñando que se había despertado. Pensó entonces en la realidad, pensó, y se dio cuenta de la realidad al ver las botellas de vino sobre la mesita, y se percató de que su billetera y las llaves del taxi no estaban en ningún lugar, solo el celular se quedó sobre la mesita, como un testigo ciego e inerte al lado de las botellas de vino, ya que era un aparato que no valía mucho dinero.
Una semana después la policía pudo dar con el grupo de Ana Laura gracias al rastreo que hicieron desde el celular de Juan Pablo, porque cuando Juan Pablo había ido a ducharse ella usó el celular para indicarles en qué lugar se encontraba y así pudieron llevar a cabo el robo. Ahora esos ojos seguían siendo solamente oscuros, decía Juan Pablo cada vez que volvía de visitarla de la cárcel. Porque esa piel, ese lunar, ese rostro y esa compañía no mataron los sentimientos de Juan Pablo y no mintieron sobre Ana Laura. Solamente un año irá a visitarla a ese lugar porque no podía retirar la denuncia, ya que, eso implicaría que todo el grupo quede libre. Después, por muchos años, vivirán juntos.









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