Onironauta
Vosotros
que leéis aún estáis entre los vivos,
pero
yo, el que escribe, habré entrado
hace
mucho en la región de las sombras.
E. A. Poe
(Sombra)
Podría, o pude haber pensado alguna vez
que era solo una casualidad, pero la repetición de ciertos actos hacen que, en
este momento, reclame la veracidad de los hechos, aunque no sé si realmente
fueron hechos, o mejor dicho, hechos reales al menos en su totalidad. Esto me
llevó a instruirme, a ciencia cierta, o incierta, de alguna manera, sobre lo
medianamente conocido sobre el mundo de los sueños. Apenas pude vislumbrar
ciertos mecanismos entre teorías de la aparente, de lo oculto, descubriendo así
un acercamiento a los viajes astrales.
Esta hipotética rama de la que estoy
escribiendo no es nada nueva, pero para mí, que nunca le ha dado importancia ni
siquiera a lo que consideraba mera superstición como los horóscopos, me ha
parecido todo un nuevo mundo, incesante. Sin embargo, mi interés no fue
ascendente, mas bien le di unas cuantas hojeadas a todas esas teorías que me
siguieron pareciendo algo más bien psicológico, dentro de mi mediano asombro.
Lo que me llevó a estas sutiles
investigaciones fue que en una noche en la que estaba en mi cama, –vivía solo
en la azotea de un edificio de nueve pisos–, y no podía dormir, tomé la inusual
posición de boca arriba, a pesar de no estar acostumbrado a dormir así, me di
cuenta de que estaba a punto de llegar al primer estadio del sueño, cuando de
pronto sentí que algo me apretaba el pecho, el único mecanismo de defensa que
se activó fueron mis ojos que sumergidos bajo la oscuridad de mis párpados los movía de un lado a otro de
manera desesperada. Estaba consciente, estaba totalmente seguro de que estaba despierto,
pero en vano intentaba moverme, mis músculos no respondían, estaban totalmente
paralizados. Luego de varios minutos pude comenzar, forzadamente, a moverme,
hasta que, finalmente, pude abrir mis ojos. No fue esta la primera vez que me
había ocurrido algo así, recuerdo que en aquella lejana primera vez me
encontraba en la misma situación, luchando con todas mis fuerzas para moverme,
pero solo logré abrir los ojos, hubiera sido mejor no hacerlo, hubiera sido
mejor haberme entregado a la oscuridad porque lo que vi y la sensación que me
causó escapa a la explicación con meras palabras.
Alguien estaba sentado al borde de mi
cama con un particular atuendo. Llevaba una capucha negra que le cubría todo el
rostro, o al menos lo que quedaba de lo que alguna vez fue un rostro, el
atuendo negro le cubría todo el cuerpo, no sé, o no recuerdo, si tenía algo en
la mano. Estaba ahí, sentado, muy cerca, con un silencio sepulcral, inmóvil,
pero simultáneamente, sentía que me gritaba, gritaba en mi ser, en mi mente, palabras
que no podía comprender, con su sonrisa invisible o imaginaria que no me daba
ningún tipo de satisfacción y le transmitía espanto y desesperación a mi mudo
grito de auxilio, podrían creerme o no, pero yo les aseguro que solo la
oscuridad habitaba debajo de la capucha, era un hueco, un vacío, más profundo
que los pensamientos, esos pensamientos que no pensamos en pensarlos, que
llegan de repente de algún lugar tenebroso con imágenes espantosas y las
descartamos enseguida para que vuelvan a ese lugar en donde la razón no tiene
cabida. En el lapso de un parpadeo la imagen desapareció y pude levantarme.
Diez largos años transcurrieron desde
aquel primer sueño en los que tuve las más diversas experiencias y situaciones
que contaré breve y solamente algunas, las que me parecen más relevantes.
Siempre, al estado de inmovilidad le seguía otro tipo de estado, y es de este
del que no estoy seguro si realmente fueron hechos o divagaciones de mi mente.
Recuerdo por ejemplo que en una noche cuando me di cuenta de que todo fue un
estado onírico me levanté y me fui a fumar un cigarrillo al borde de la azotea
y luego volví a la cama. Cuando desperté por la mañana me di cuenta de que
había amanecido sentado en el borde de la azotea. En otra ocasión, en que no
podía nuevamente abrir los ojos, pude levantarme y a tientas en la oscuridad
pude llegar al baño para mojarme el rostro, al hacerlo, pude abrir los ojos y
me di cuenta de que estaba acostado en la cama.
Definitivamente, todo se me volvió
peligroso, dentro de mi paranoia comencé, antes de acostarme, a guardar bajo
llave los cuchillos, los vasos de vidrio; a cerrar la puerta y a no intentar,
bajo ninguna circunstancia, abrirla si me despertaba por la noche, ya que no
estaba seguro de que si realmente estaría despierto o no. Después de este
estado en que no podía dilucidar el estado de vigilia del mundo irreal, me
sumía en un profundo sueño que duraba muchas horas y generalmente no escuchaba
el sonido del despertador, así que, por esta razón, llegaba tarde al trabajo.
En aquel tiempo salía con una chica,
trabajaba como costurera, yo le había regalado una cajita azul en la que
guardaba sus tijeras y otros menesteres a fin. Ella tuvo un problema serio con
su familia y no le quedaba otra alternativa más que ir a vivir conmigo, a mi
departamento. Usé todos los mecanismos y posibilidades para que esto no suceda
y, lógicamente, pude percibir un ápice de desconfianza en su mirada hacia mis
esfuerzos, ya evidentes, de que no acabara viviendo conmigo. Mis esfuerzos, como
era de esperarse, fueron en vano, mientras más lo intentaba ella más insistía
en mudarse.
Tenía que encontrar la manera de pasar
mis horas de sueño, a su lado, lo menos posible, entonces, después del trabajo
salía a caminar y generalmente terminaba en un bar, así, me bebía unas cervezas
y algunas veces consumía alguna pastilla, con drogas trataba de mantenerme el
mayor tiempo posible sin dormir, esto, como era de esperarse, comenzó a afectar
gradualmente mi relación. En ese tiempo mis sueños se cortaron tajazmente, pero
mi vida personal y laboral sucumbió vertiginosamente hacia un caos que difícilmente
podría haberlo estabilizado.
Mi aspecto era cada vez más decadente,
siempre olía a tabaco y alcohol; la relación sexual con mi novia prácticamente
no era más que un recuerdo, los reclamos me atacaban por todos lados, los amigos
que no me veían desde hace tiempo casi ya no me reconocían al volver a verme,
yo esperaba que en cualquier momento o lugar me derribe la muerte sin que yo
intente defenderme, a veces, me daba cuenta de que al caminar tendía a hablar
solo, gesticulando los brazos, más de una vez percibí que la gente, en la
calle, se apartaba de mí. Definitivamente, no podía seguir sumido en tan
desesperada agonía en soledad, entonces, me propuse a contárselo todo.
No me di cuenta de que mi egoísmo era
mucho más grande de lo que pensaba, no puedo llamarlo de otra manera, un
terrorífico egoísmo que sin remordimiento alguno elimina cualquier cosa a su
paso por el principio de subsistir porque siempre estamos buscando a quien
pasarle nuestras desgracias o nuestras faltas, si queremos a alguien es para
satisfacer no más que a nosotros mismos, todos nuestros actos apuntan, al fin y
al cabo, solo para nuestro propio beneficio, ya sea moral o físico.
Sin embargo, oh! Pequeña luz de la
inconsciencia, hubieras preferido el camino de la soledad y del olvido,
hubieras corrido hacia lo transparente y dejarme a mí, solo a mí en mis
tinieblas, tal vez así, no tendría que haberte perdonado, tal vez así, no me
hubiera despertado después de aquel sueño del que recuerdo solo tu cajita azul,
tal vez así, esa mañana no hubiera sido la del horror, cuando te di vuelta
queriendo despertarte del único sueño real y, de esta manera, no me hubiera
dado cuenta de que tenías atravesado en la garganta aquel sueño con la tijera.

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