sábado, 11 de julio de 2020

Prosas poéticas


Sé que no estarás conmigo en mis mañanas y que no tendré un recuerdo amarillo de tazas de café, de muchos días repetitivos y únicos.
Sé que no me llamarás por las tardes, ni en días y, tal vez, en años.
Sé que te buscaré en mis paseos y también frente a mi escritorio.
Sé que te encontraré en mil historias literarias.
Sé, que de repente, tu perfume se filtrará por la ventana y llenarás mi memoria.

Sé que esperaré siempre a que me digas lo que nunca me dirás.
Sé que queremos hasta dónde podemos, que uno da todo lo que puede.
Sé que estamos condenados por la proyección del instinto.
Sé que tus palabras volverán en esas noches largas que me esperan.

Pero sé que no se acabó, sé que no se puede acabar y, es por eso que, a pesar de todo lo demás que sé, te guardaré un espacio de silencio que te espera.

I

Te he visto en muchos días sentada en tu lugar de siempre,
escribiendo cosas de siempre, garabateando nombres y recuerdos
en tu cuaderno de siempre.
Latente.
En un sueño que se sueña despierto.
Si cuando no estás igual te sigo.
Y cuando te vas
trato de recogerme en las huellas
que dejaron tus manos
y en las distancias que forjaron tus miradas
en las cosas y en las no cosas.
Y cuando duermes,
la vida se duerme y el tiempo se quiebra,
se retuerce, se alarga, se encoge, se agota y se desborda.
Me vacía y me llena la mente de tu ser.
Cuando duermes.
Te duermes pensando que todo es nada,
mientras que el abanico de la nada es todo,
no obstante, la tarde y los besos son todo
como el recuerdo y el olvido.
Yo solo espero, que vuelvas, sin esperar lo que se espera.
Como en el día cuando se hacen mil cosas
y de pronto, cae la noche para disfrutarla o esconderse en las palabras.
No hemos descubierto el enigma para poder describir las sensaciones con palabras.
Me falto o parto de mí, dijeron algunos poetas.
Me descubro, me pierdo, desaparezco,
y tus ojos, tu voz, tus silencios,
y esa forma tan tuya de vivir y de sentir.
No existo.
Las imágenes me atropellan entremezcladas con tu aroma.
Desisto de mí mismo.
Me llevo al abismo de la mente

y sigues estando sentada en tu lugar de siempre,
escribiendo cosas de siempre,

garabateando nombres de nombres y recuerdos de
recuerdos en tu cuaderno de siempre.


II

En mis días que son noches,
en mis noches que son largas,
la voz se me apaga
bajo el sonido del latido seco y aturdido en mi pecho.

En mis noches que son tuyas,
en la diáfana madrugada,
se dibujan varios dones,
de los tantos que me faltan
para desabrochar mi garganta y salirme a buscar tu nombre.

En mis noches que no sueño
que el sueño no es sueño,
se rebaja mi memoria hasta el sótano infinito
donde nacen las palabras,
donde muere el olvido.

III

No sé qué habrá en las horas que no conozco, que no te conozco, amiga.
Esas horas en las que me paso pensándote y se me pasan las horas como golondrinas perdidas.
No sé qué andarás haciendo bajo este cielo mudo o qué ojos estarán mirando tus ojos.
Me aferro a los momentos que puedo robarte sin que sepas que tus labios son el camino que busco para no decir más palabras fútiles.
Me distancio del mundo cuando no puedo verte, me alejo hacia los callejones inéditos de mi cabeza.
Me protejo de cualquier guarida y me salgo a la lluvia.
Pisoteo todas las oportunidades que tengo para besarte para que no te alejes, para que sigas sin saber, para que corras a mi lado cuando la soledad te persigue, para que me mires siempre a los ojos, para tocarte con el silencio, en la víspera del futuro, para tenerte sin que tengamos que cruzar el límite de lo irreal, para quedarnos en la nada, sin comienzo ni final, engañándole al olvido y jugando con lo incierto.
No quiero saber lo de esas horas porque sos libre y soy libre, aunque yo solo conozca el camino que me devuelve a tus abrazos, aunque tú conozcas otras cosas, aunque desees otras cosas, yo pretendo que cuando vuelvas no se me turbe el sueño ni tampoco la esperanza y me encuentres sonriendo; que de nuevo salgamos a caminar por la noche y no importa que nada me digas, que nada preguntes, que todo comienza y emerge cuando puedo verte
sonreír.


 IV

Cuando se vaya desdibujando tu imagen en memoria.
Cuando tu ausencia niegue que alguna vez hayas existido.
Cuando, por las tardes, ya no pueda ver tus ojos curiosos y tristes.
Cuando el deseo de tocarte pase a ser una cotidiana costumbre.
Cuando el recuerdo del recuerdo te haga eterna.
Cuando mis palabras ya no quieran alcanzarte.
Cuando sienta que tu nombre ya no llena mi alma.

Cuando pueda jugar al olvido.
Cuando pueda soñar otras cosas.
Cuando el vacío llene el vacío.
Cuando mi voz se apague en tu risa.
Entonces, ya no tendré que buscarte porque me habré ido.

V

Y si en una tarde vuelves,
aunque traigas años y olvidos y memorias.
Aunque traigas en tu risa un poco de cautela (yo te veré igual que siempre).
Aunque tu voz tiemble y tu abrazo reclame algún esfuerzo.
Aunque trates de explicarme ciertas cosas con palabras.
Aunque yo suponga que lo he entendido todo.
Aunque vea tus ojos cansados, pero siempre tristes.
Aunque ya se hayan extinguido algunos deseos, te tomaré de la cintura, en esa tarde de silencios que dicen demasiado, y saldremos a caminar.


 VI

Qué hago con estas palabras que se dibujan ante mí.
Qué hago sino otra cosa que evocar tu nombre.
Qué hago con esta noche y con esta luna.
Qué hago con la memoria.
Qué hago con la vida que me sigue.

Qué hago con el tiempo que se me escapa.
Qué hago con este papel que delira.
Qué hago con tanto espacio vacío.
Qué hago con la melodía del viento.
Qué hago con el sonido de la gota que cae infinitamente en la cocina.
Qué hago con la calle que borra mis pasos.
Qué hago con la ciudad y sus gritos.
Qué hago con los gerundios.
Qué hago con la turba que camina hacia el abismo.
Qué hago con tu mirada perversa.
Qué hago con las cosas que no existen.
Qué hago con las últimas palabras que me dijiste y que se dibujan ante mí.


VII

Cuando ya no pueda mirar
dirán que he muerto.
Cuando una sábana blanca
me cubra el rostro y el cuerpo,
creerán que estoy muerto.

Cuando me laven el cuerpo,
me peinen y me maquillen,
creeré que estoy muerto.
No será angustia ese momento,
será entendimiento.
La conciencia no se limitará a los sentidos.

Podré verlos, pero ¡ay!,
no podrán entenderme.
Y una luz tocará mi frente
y me besará la mejilla fría.

Caerá un hilo de vida,
tibio como un amanecer, de tus ojos,
y no podrás verme.

Tu mano me dará alivio
y volverá aquella tarde

en la que en tu mano puse mi alma,
y sabré, entonces, que he muerto.


 VII

De las veces en que te encontré cerca, en el camino de la vida, no me acuerdo.
no me acuerdo de las veces en que te he buscado.
No me acuerdo ya de tus ojos, del pasado, de los cuentos, de los poemas que alguna vez miramos.
Ni siquiera me acuerdo de que te he conocido.
Ni siquiera sé si te he conocido,
pero sí recuerdo el río, el parque, las casas y el viaje; que son las mismas cosas que has de recordar.
Porque son en estas cosas en las que estaré.
Porque son en estas cosas en las que estarás.
Porque ni vos ni yo sabemos quiénes somos, quiénes fuimos, ni quiénes seremos.
Solo sabemos que, alguna vez, en algún momento, al vivir y sentir este mundo, no estuvimos solos.

 IX

Es solo esta noche la que no encaja.
Es solo esta noche la que hiere y es el alma la que escribe.
No te detengas en mi prosa, vuela, blanca flor, hacia la luna.
Yo me quedaré entre la gente a admirar tu vuelo.
En esta noche eterna vendrá la nada a hacerme compañía, no sé si con ella volverá la vida.
No te culpes que nada me debes.
Soy yo el que ha soñado.
No me despiertes o despiértame en tus brazos.
Es solo esta noche la que muere, pero no te detengas en mi prosa, flor nocturna, todo lo demás seguirá existiendo.
¿Quién de los dos sabrá si volveremos a ver otro otoño?

Pero el otoño no sabe, nunca lo supo ni lo sabrá, que lo estuvimos mirando.
El otoño se parece al amor, ¿o acaso el amor es el otoño?
No sabemos nada sobre el amor, pero sí sabemos cuándo no está.
Sin embargo, no hay amor sin deseo, entonces, ¿existe el amor?
Pero no te detengas en mi prosa, flor del alba, porque no te amé por haberte visto, sino por haberte conocido.
Es solo esta noche la que queda.
Es solo en esta noche en la que no te espero.
Flor de loto.

XI 


Si por lo menos hubiera sido tu ausencia,
no seguiría a esa solitaria golondrina
tratando de hacer primavera.

Ni escribiría lo que escribo,
ni saldría a esperar el tren de media noche
que se lleva los retazos de mi mente cansada.

Si por lo menos existiera tu ausencia,
aunque sea en estratos minúsculos de la materia
y en mis inesperados reflejos de la inconsciencia.

Si por lo menos viviera en tu ausencia,
me tomaría una taza de café todas las tardes
para no verte en mis sueños,
para no recordar tu perfume y tu cuello,
para tratar de salvar a aquel beso que murió en tu mejilla triste.

Si por lo menos no me visitara tu ausencia,
mis mañanas tendrían otros ojos,
mis amaneceres no serían de inviernos
y mis días con sus noches no se perderían en cuentos y poesías.

Si por lo menos pudiera con tu ausencia,
caminaría bajo la lluvia sin buscar un refugio,
te llamaría bajo la luna sin sentirme perdido,
te llenaría de estrellas sin que sepas
que mi cielo de las noches se cae y se funde en tu espacio.

Por lo menos si hubiera sido tu ausencia total,
concreta, abismal, existente,
y no esa ausencia que está en todas las cosas,
que gravita sobre las superficies,
que se extiende hasta el horizonte,
que no se extingue ni siquiera en el futuro.

Todas estas cosas sucederían,
si tan solo tu ausencia hubiera sido real.

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