Sé que no estarás conmigo en mis mañanas y que no tendré un
recuerdo amarillo de
tazas de café, de muchos días repetitivos y únicos.
Sé que no me llamarás por
las tardes, ni
en días y, tal vez, en años.
Sé que te buscaré en mis paseos y también frente a
mi escritorio.
Sé que te encontraré en mil historias literarias.
Sé, que de repente, tu
perfume se
filtrará por la ventana y llenarás mi memoria.
Sé que esperaré siempre a que me
digas lo
que nunca me dirás.
Sé que queremos hasta dónde podemos, que uno da todo lo que puede.
Sé que estamos condenados por la proyección del instinto.
Sé que tus palabras volverán
en esas noches largas que me esperan.
Pero sé que no se acabó, sé que no se puede
acabar y, es por eso que, a pesar de todo lo demás que sé, te guardaré un
espacio de silencio que
te espera.
Te he visto en muchos días sentada en tu lugar de siempre,
escribiendo cosas de siempre,
garabateando nombres y recuerdos
en tu cuaderno de siempre.
Latente.
En un sueño
que se sueña despierto.
Si cuando no estás igual te sigo.
Y cuando te vas
trato
de recogerme
en las huellas
que dejaron tus manos
y en las distancias que forjaron tus miradas
en las cosas y en las no cosas.
Y cuando duermes,
la vida se duerme y el tiempo se
quiebra,
se retuerce, se alarga, se encoge, se agota y se desborda.
Me vacía y
me llena la
mente de tu ser.
Cuando duermes.
Te duermes pensando que todo es nada,
mientras que
el abanico de la nada es todo,
no obstante, la tarde y los besos son todo
como
el recuerdo
y el olvido.
Yo solo espero, que vuelvas, sin esperar lo que se espera.
Como en el
día cuando se hacen mil cosas
y de pronto, cae la noche para disfrutarla o
esconderse en
las palabras.
No hemos descubierto el enigma para poder describir las
sensaciones con palabras.
Me falto o parto de mí, dijeron algunos poetas.
Me descubro, me pierdo, desaparezco,
y tus ojos, tu voz, tus silencios,
y esa forma tan tuya de vivir y de sentir.
No existo.
Las imágenes me atropellan entremezcladas con tu aroma.
Desisto de mí mismo.
Me
llevo al abismo de la mente
y sigues estando sentada en tu lugar de siempre,
escribiendo
cosas de siempre,
garabateando nombres de nombres y recuerdos de
recuerdos
en tu cuaderno de siempre.
II
En mis días que son noches,
en mis noches que son largas,
la
voz se me apaga
bajo el sonido del
latido seco y aturdido en mi pecho.
En mis noches que son tuyas,
en la diáfana
madrugada,
se dibujan varios dones,
de los tantos que me faltan
para
desabrochar mi
garganta y salirme a buscar tu nombre.
En mis noches que no sueño
que el sueño
no es
sueño,
se rebaja mi memoria hasta el sótano infinito
donde nacen las palabras,
donde muere
el olvido.
No sé qué habrá en las horas que no conozco, que no te
conozco, amiga.
Esas horas en las que me
paso pensándote y se me pasan las horas como golondrinas perdidas.
No sé qué andarás haciendo bajo este cielo mudo o qué ojos
estarán mirando tus ojos.
Me aferro a los momentos
que puedo robarte sin que sepas que tus labios son el camino que busco para no decir más palabras fútiles.
Me distancio del
mundo cuando no puedo verte, me alejo hacia
los callejones inéditos de mi cabeza.
Me protejo de cualquier guarida y me salgo
a la lluvia.
Pisoteo todas las oportunidades que tengo para besarte para que no
te alejes,
para que sigas sin saber, para que corras a mi lado cuando la soledad te
persigue, para
que me mires siempre a los ojos, para tocarte con el silencio, en la víspera del
futuro, para
tenerte sin que tengamos que cruzar el límite de lo irreal, para quedarnos en
la nada, sin
comienzo ni final, engañándole al olvido y jugando con lo incierto.
No quiero
saber lo
de esas horas porque sos libre y soy libre, aunque yo solo conozca el camino
que me devuelve
a tus abrazos, aunque tú conozcas otras cosas, aunque desees otras cosas, yo pretendo
que cuando vuelvas no se me turbe el sueño ni tampoco la esperanza y me encuentres
sonriendo; que de nuevo salgamos a caminar por la noche y no importa que nada
me digas, que nada preguntes, que todo comienza y emerge cuando puedo verte
sonreír.
Cuando se vaya desdibujando tu imagen en memoria.
Cuando tu
ausencia niegue que
alguna vez hayas existido.
Cuando, por las tardes, ya no pueda ver tus ojos
curiosos y
tristes.
Cuando el deseo de tocarte pase a ser una cotidiana costumbre.
Cuando
el recuerdo
del recuerdo te haga eterna.
Cuando mis palabras ya no quieran alcanzarte.
Cuando
sienta que tu nombre ya no llena mi alma.
Cuando pueda jugar al olvido.
Cuando pueda
soñar otras cosas.
Cuando el vacío llene el vacío.
Cuando mi voz se apague en
tu risa.
Entonces, ya no tendré que buscarte porque me habré ido.
V
Y si en una tarde vuelves,
aunque traigas años y olvidos y
memorias.
Aunque traigas en tu risa un
poco de cautela (yo te veré igual que siempre).
Aunque tu voz tiemble y tu abrazo reclame algún esfuerzo.
Aunque trates de
explicarme ciertas cosas con palabras.
Aunque yo suponga que lo he entendido
todo.
Aunque vea tus ojos cansados, pero
siempre
tristes.
Aunque ya se hayan extinguido algunos deseos, te tomaré de la cintura, en esa tarde de silencios que dicen demasiado, y
saldremos a caminar.
Qué hago con estas palabras que se dibujan ante mí.
Qué hago
sino otra cosa que evocar
tu nombre.
Qué hago con esta noche y con esta luna.
Qué hago con la memoria.
Qué
hago con la vida que me sigue.
Qué hago con el tiempo que se me escapa.
Qué
hago con
este papel que delira.
Qué hago con tanto espacio vacío.
Qué hago con la
melodía del viento.
Qué hago con el sonido de la gota que cae infinitamente en la cocina.
Qué hago con
la calle que borra mis pasos.
Qué hago con la ciudad y sus gritos.
Qué hago con
los gerundios.
Qué hago con la turba que camina hacia el abismo.
Qué hago con tu mirada perversa.
Qué hago con las cosas que no existen.
Qué hago con las últimas palabras que me
dijiste y que se dibujan ante mí.
VII
Cuando ya no pueda mirar
dirán que he muerto.
Cuando una
sábana blanca
me cubra
el rostro y el cuerpo,
creerán que estoy muerto.
Cuando me laven el cuerpo,
me peinen
y me maquillen,
creeré que estoy muerto.
No será angustia ese momento,
será entendimiento.
La conciencia no se limitará a los sentidos.
Podré verlos, pero ¡ay!,
no podrán
entenderme.
Y una luz tocará mi frente
y me besará la mejilla fría.
Caerá un
hilo de
vida,
tibio como un amanecer, de tus ojos,
y no podrás verme.
Tu mano me dará
alivio
y
volverá aquella tarde
en la que en tu mano puse mi alma,
y sabré, entonces, que he
muerto.
De las veces en que te encontré cerca, en el camino de la
vida, no me acuerdo.
Y no
me acuerdo de las veces en que te he buscado.
No me acuerdo ya de tus ojos, del pasado,
de los cuentos, de los poemas que alguna vez miramos.
Ni siquiera me acuerdo de
que te he conocido.
Ni siquiera sé si te he conocido,
pero sí recuerdo el río,
el parque, las
casas y el viaje; que son las mismas cosas que has de recordar.
Porque son en
estas cosas
en las que estaré.
Porque son en estas cosas en las que estarás.
Porque ni vos
ni yo sabemos
quiénes somos, quiénes fuimos, ni quiénes seremos.
Solo sabemos que, alguna vez,
en algún momento, al vivir y sentir este mundo, no estuvimos solos.
Es solo esta noche la que no encaja.
Es solo esta noche la
que hiere y es el alma la que escribe.
No te detengas en mi prosa, vuela, blanca flor, hacia la luna.
Yo me quedaré entre
la gente a admirar tu vuelo.
En esta noche eterna vendrá la nada a hacerme compañía,
no sé si con ella volverá la vida.
No te culpes que nada me debes.
Soy yo el que
ha soñado.
No me despiertes o despiértame en tus brazos.
Es solo esta noche la
que muere,
pero no te detengas en mi prosa, flor nocturna, todo lo demás seguirá
existiendo.
¿Quién
de los dos sabrá si volveremos a ver otro otoño?
Pero el otoño no sabe, nunca
lo supo
ni lo sabrá, que lo estuvimos mirando.
El otoño se parece al amor, ¿o acaso el
amor es
el otoño?
No sabemos nada sobre el amor, pero sí sabemos cuándo no está.
Sin embargo,
no hay amor sin deseo, entonces, ¿existe el amor?
Pero no te detengas en mi prosa,
flor del alba, porque no te amé por haberte visto, sino por haberte conocido.
Es solo
esta noche la que queda.
Es solo en esta noche en la que no te espero.
Flor de
loto.
Si por lo menos hubiera sido tu ausencia,
no seguiría a esa
solitaria golondrina
tratando
de hacer primavera.
Ni escribiría lo que escribo,
ni saldría a esperar el tren
de media
noche
que se lleva los retazos de mi mente cansada.
Si por lo menos existiera
tu ausencia,
aunque sea en estratos minúsculos de la materia
y en mis inesperados reflejos de
la inconsciencia.
Si por lo menos viviera en tu ausencia,
me tomaría una taza de
café todas
las tardes
para no verte en mis sueños,
para no recordar tu perfume y tu
cuello,
para tratar
de salvar a aquel beso que murió en tu mejilla triste.
Si por lo menos no me
visitara tu
ausencia,
mis mañanas tendrían otros ojos,
mis amaneceres no serían de inviernos
y mis días
con sus noches no se perderían en cuentos y poesías.
Si por lo menos pudiera
con tu ausencia,
caminaría bajo la lluvia sin buscar un refugio,
te llamaría bajo la luna sin sentirme
perdido,
te llenaría de estrellas sin que sepas
que mi cielo de las noches se
cae y se
funde en tu espacio.
Por lo menos si hubiera sido tu ausencia total,
concreta,
abismal, existente,
y no esa ausencia que está en todas las cosas,
que gravita sobre las
superficies,
que
se extiende hasta el horizonte,
que no se extingue ni siquiera en el futuro.
Todas estas cosas
sucederían,
si tan solo tu ausencia hubiera sido real.
No hay comentarios:
Publicar un comentario