La finalidad de este texto no es decir todo lo que ya
se dijo, sino, más bien, enfocarlo hacia algo que me dejó con una tremenda
curiosidad, se trata de lo que ocurrió al final. Cuando el Caballero de la
triste figura regresa a su hogar después de haber sido vencido por el Caballero
de la blanca luna, cae en un estado depresivo crónico, por llamarlo de alguna
manera, aunque este estado en la que se encontraba nació desde el momento en
que fue vencido. Lo curioso es que después de haberse dormido por seis horas, y
luego despertarse, estaba totalmente cuerdo.
¿Qué fue lo que soñó nuestro querido Quijote? Esto se convirtió para mí en
una terrible obsesión. Me embarqué en las profundidades de la biblioteca de mi
ciudad y comencé a leer todos los finales de La Mancha de diferentes editoriales, en revistas, análisis, o meros
comentarios en las bibliotecas virtuales en las que me encontré con unas
observaciones muy interesantes de cibernautas de todo el mundo. Sin embargo,
fracasé. A lo mucho que llegué fue a que alguien me responda, en un blog, que
eso no importaba, que solo era para que la historia se acabe, una cuestión
estructural. Luego, creyeron que estaba loco y me eliminaron del blog.
Renuncié a mi estrepitosa búsqueda. En aquel tiempo me
puse a leer sobre filosofía medieval y me enteré de que los monjes de las
abadías daban el visto bueno a una obra para que sea publicada y que, sin esto,
era imposible que cualquier obra se publique. Tuve una intuición. Pensé que
desde el primer momento me había equivocado, que estaba errada mi búsqueda y,
de hecho, así fue, porque lo que debía de haber buscado desde el principio era
alguna declaración del propio Don Miguel de Cervantes. Retomé mi vertiginosa
investigación, ahora, en los libros antiguos de la biblioteca nacional. Transcribo
aquí, parcialmente, las antiguas letras con las que me encontré:
Yo, Miguel de Cervantes de Saavedra, escribo aquí en
esta nota la última batalla del último caballero andante: miró Don Quijote a su contendor y hallole el rostro oscuro debajo de la
capucha. No dudéis de mi valor –dijo Don Quijote– viejo genio maligno que me
venís ensiguiendo. Ya te he visto mil veces ¡oh amarga muerte!, pero para que
nadie crea vuestro engaño, empero, para sacaros de él de todo punto, vengan
nuestros caballos, que en menos tiempo que el que tardares en descubrir el
rostro, si Dios, si mi señora y mi brazo me valen, veré yo vuestro rostro, y
vos veréis que no pudisteis vencer al caballero de La Mancha.
Endiciendo
esto arremetiéronse el caballero de la triste figura y el caballero de la
muerte. Chocaron crines, molinos, lanzas, adargas y escudos. Quedose tendido y
maltrecho el caballero de la muerte y nuestro Quijote comenzose a elevar por los
aires hacia una aventura eterna.
Los monjes no dejaron que esta batalla sea publicada;
sin embargo, hay que mirar los espejos.
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