Hoy
no me salvó la mañana, ni el sol, ni las nubes. Pensé en quedarme
lleno de nada y pensé evitarme estar por la mañana. Librarme
quería, al comenzar el medio día después de la caminata del
almuerzo, pedía, que no me habiten los silencios de aquellos
recuerdos que traje de otro lugar.
Aquellas
fotografías que congelan, que detienen; algo que no sabemos, cosas
que desconocemos y a la vez vivimos en ellos, otras tantas cosas más que
eso. Nos confunde el paisaje ¿Qué es lo que traje? Unos sueños, un
puñado de olvidos, una mezcla de cosas que te dejan lejano, oculto,
vivo y medio muerto.
Traté
de refugiarme en el otro mundo, aquel en el que vivimos mientras dormimos y en el
que soñamos cuando estamos despiertos. La tarde, fatal, se metió
fina, atropellando; como un rayo delante de mis ojos ya abiertos. La
tarde, la tarde me llevará. La tarde será eterna y la vida será
efímera. La tarde que lleva al sol ¿Yo por qué debería de
resistirme? Caí de bruces abrazando la tarde, besando mis huesos y
tocando la nada. Existiéndome para todos y por uno solo, por unos
ojos, por una boca y por un alma.
Sé
lo que he traído, mas no consigo acomodarlo entre tantos miedos y
desvaríos; entre tanta gente, entre tantas palabras, entre tantas
mentes que ramifican ideas insolutas en tus sueños profundos.
Intenté volver, incluso cortándome, sin querer, un ala de mi pasado
al afeitarme. No volví. Salí a la calle donde viven los
no-vivientes y las horas que pasan como ráfagas por los costados del
cuerpo y hacen brotar en cada segundo una herida imperceptible.
Viento
que gemina pequeñas y adustas larvas que llenan lo que hacemos, todo
era doliente, todo era un sin sentido de cosas que pasaban, aunque se
quedaban, no terminaban de pasar. Sin encontrar lo que traje, aunque
sabiendo lo que es o lo que significa, no podía, ni podré llenarla
de palabras aunque lo pudiera y lo quisiera. Hasta que unos rayos
dulces y fríos me mojaron el rostro, había encontrado un momento
neutro que blandía mi mente y me reducía, en mi reducción ante la
noche, y en mi soberbia para empezar otro día: la lluvia.
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