domingo, 8 de junio de 2014

Lo que he traído

Hoy no me salvó la mañana, ni el sol, ni las nubes. Pensé en quedarme lleno de nada y pensé evitarme estar por la mañana. Librarme quería, al comenzar el medio día después de la caminata del almuerzo, pedía, que no me habiten los silencios de aquellos recuerdos que traje de otro lugar.
Aquellas fotografías que congelan, que detienen; algo que no sabemos, cosas que desconocemos y a la vez vivimos en ellos, otras tantas cosas más que eso. Nos confunde el paisaje ¿Qué es lo que traje? Unos sueños, un puñado de olvidos, una mezcla de cosas que te dejan lejano, oculto, vivo y medio muerto.
Traté de refugiarme en el otro mundo, aquel en el que vivimos mientras dormimos y en el que soñamos cuando estamos despiertos. La tarde, fatal, se metió fina, atropellando; como un rayo delante de mis ojos ya abiertos. La tarde, la tarde me llevará. La tarde será eterna y la vida será efímera. La tarde que lleva al sol ¿Yo por qué debería de resistirme? Caí de bruces abrazando la tarde, besando mis huesos y tocando la nada. Existiéndome para todos y por uno solo, por unos ojos, por una boca y por un alma.
Sé lo que he traído, mas no consigo acomodarlo entre tantos miedos y desvaríos; entre tanta gente, entre tantas palabras, entre tantas mentes que ramifican ideas insolutas en tus sueños profundos. Intenté volver, incluso cortándome, sin querer, un ala de mi pasado al afeitarme. No volví. Salí a la calle donde viven los no-vivientes y las horas que pasan como ráfagas por los costados del cuerpo y hacen brotar en cada segundo una herida imperceptible.

Viento que gemina pequeñas y adustas larvas que llenan lo que hacemos, todo era doliente, todo era un sin sentido de cosas que pasaban, aunque se quedaban, no terminaban de pasar. Sin encontrar lo que traje, aunque sabiendo lo que es o lo que significa, no podía, ni podré llenarla de palabras aunque lo pudiera y lo quisiera. Hasta que unos rayos dulces y fríos me mojaron el rostro, había encontrado un momento neutro que blandía mi mente y me reducía, en mi reducción ante la noche, y en mi soberbia para empezar otro día: la lluvia.

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