Las notas de una
lejana guitarra comenzaron a sonar bajo la noche serena
bajo una
brizna de quietud que inundó mi ventana sin que pueda sospechar
que
las notas salían de los bolsillos de la luna y recorría la tierra
en horas desiertas
para las almas abiertas que no querían descansar.
Fue su triste mirar que despuntaban las cuerdas y llenaba el vacío
con meras lágrimas
que rebotaban en el aire para hacerse música,
que sólo algunos la podían escuchar.
Es la guitarra en el preludio
de transición entre lo real e imaginario, la materia y el espíritu,
la carne y la sangre, la verdad y la mentira, el olvido y el
recuerdo; que se escucha en horas postreras de lo vivo, cuando ya el
respiro vuelve y se hace tierra, se hace polvo y vacío.
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